Educación, padres y jóvenes: romper el ciclo antes de que empiece

Educación, padres y jóvenes: romper el ciclo antes de que empiece

Uno de los temas más duros de El precio de las remesas y tu mina de oro es la responsabilidad que tienen la educación y la familia en el fenómeno migratorio. Naison Tahay no presenta la migración únicamente como un problema económico, sino como el resultado de varios vacíos acumulados: falta de educación financiera, ausencia de propósito, poca orientación familiar, sistemas escolares desactualizados y jóvenes que crecen sin herramientas claras para construir su futuro.

El libro es especialmente crítico con el sistema educativo. Según el autor, muchas escuelas siguen preparando a los estudiantes para un mundo que ya cambió. Enseñan contenidos, exámenes y rutinas, pero no siempre enseñan habilidades prácticas para la vida: administrar dinero, emprender, identificar talentos, crear proyectos, usar la tecnología de forma productiva o tomar decisiones con visión a largo plazo. Esta crítica puede sonar dura, pero toca una preocupación real en muchos países: la educación formal no siempre conecta con las necesidades económicas y emocionales de los jóvenes.

Tahay plantea que muchos jóvenes terminan sus estudios sin saber qué hacer. Algunos no encuentran trabajo, otros aceptan empleos mal pagados y otros ven la migración como el camino más rápido. No necesariamente porque tengan un plan, sino porque sienten que quedarse no ofrece nada. Ahí aparece una de las ideas más fuertes del libro: cuando una sociedad no ofrece orientación, propósito ni oportunidades, la migración se vuelve una salida casi automática.

Pero el autor no culpa solo al gobierno. También habla de los padres. Y lo hace con un tono muy frontal. Para él, los padres no deberían limitarse a alimentar, vestir o enviar a sus hijos a la escuela. Deben guiarlos, observar sus talentos, enseñarles disciplina, hablarles de dinero, mostrarles con el ejemplo cómo se construye una vida. La educación de un hijo no empieza ni termina en el aula; también se forma en la mesa, en las conversaciones, en los hábitos y en las decisiones que ve todos los días en casa.

Este punto es fundamental. Un niño que crece escuchando que «la única forma de salir adelante es irse» probablemente adoptará esa idea como verdad. Un joven que ve a todos sus referentes migrar puede interpretar que su pueblo no tiene futuro. En cambio, si crece viendo proyectos, negocios, estudio, lectura, planificación y uso inteligente del dinero, tendrá más opciones mentales. La familia no controla todo, pero sí moldea la manera en que una persona interpreta sus posibilidades.

El libro también habla del miedo. Muchos padres, por querer proteger a sus hijos de la pobreza, terminan empujándolos hacia decisiones precipitadas. A veces se normaliza que un adolescente piense en migrar antes que en formarse. Se cree que ganar dinero rápido es mejor que estudiar, aprender un oficio o construir un proyecto. Tahay critica esa mentalidad porque, en su opinión, sacrifica el futuro por una solución inmediata.

La situación de los menores migrantes aparece como una preocupación muy fuerte. El autor se pregunta qué hace que un niño o adolescente tenga que cruzar fronteras, exponerse a violencia, abusos, secuestros o muerte. Para él, esa realidad revela un fracaso colectivo: de los gobiernos, de las instituciones, de las familias y de la sociedad. Un menor debería estar aprendiendo, descubriendo sus capacidades y preparándose para la vida, no arriesgándola en una ruta migratoria.

Aquí el libro introduce una idea importante: no basta con decirles a los jóvenes que no emigren. Hay que ofrecerles una alternativa. Y esa alternativa pasa por la educación, pero una educación más completa. Educación académica, sí, pero también educación financiera, emocional, tecnológica y emprendedora. Un joven necesita saber leer y escribir, pero también necesita saber cómo funciona el dinero, cómo se crea valor, cómo se vende una idea, cómo se aprovecha internet, cómo se construyen hábitos y cómo se define una meta.

El autor insiste mucho en la necesidad de descubrir las «habilidades de mayor impacto». Esta idea se relaciona directamente con la educación de los jóvenes. No todos tienen que seguir el mismo camino. Algunos serán buenos en oficios, otros en ciencia, otros en arte, otros en negocios, otros en tecnología. El problema aparece cuando la educación trata a todos igual y no ayuda a cada persona a reconocer su potencial. Entonces muchos talentos quedan enterrados.

Una de las reflexiones más interesantes del libro es que los padres deberían actuar como guías de esa búsqueda. Observar qué se le da bien a un hijo, qué le interesa, qué aprende rápido, qué actividad lo entusiasma. En lugar de imponerle una vida o descalificar sus inclinaciones, deberían ayudarlo a convertir esas capacidades en disciplina y proyecto. Un talento acompañado puede convertirse en futuro; un talento ignorado puede convertirse en frustración.

La tecnología también aparece de fondo como una oportunidad. Vivimos en una época en la que muchas habilidades pueden desarrollarse y monetizarse desde cualquier lugar: diseño, programación, ventas, enseñanza, creación de contenido, comercio, servicios digitales, asesorías, oficios especializados. Esto no significa que sea fácil, pero sí que el mundo ofrece herramientas que antes no existían. Para Tahay, quedarse esperando al gobierno o a que aparezca un empleo perfecto es una actitud peligrosa. Hay que aprender, adaptarse y crear.

Por supuesto, esta visión exige mucho del individuo y de la familia. No todas las personas parten del mismo lugar, ni tienen los mismos recursos, ni enfrentan las mismas dificultades. Pero el valor del libro está en insistir en algo que sí puede cambiarse: la mentalidad, los hábitos y el tipo de conversaciones que se tienen en casa. Una familia que habla de ahorro, lectura, metas, habilidades y proyectos ya está sembrando algo distinto.

El ciclo migratorio no se rompe solo con discursos. Se rompe cuando un joven encuentra razones para quedarse, herramientas para crecer o claridad para migrar con un propósito real. Se rompe cuando las remesas se invierten en educación y no solo en consumo. Se rompe cuando los padres dejan de ver a sus hijos como futuros proveedores de dólares y empiezan a verlos como personas con talentos que deben desarrollarse.

El precio de las remesas y tu mina de oro deja una advertencia clara: si la educación no cambia, si las familias no orientan y si los jóvenes no descubren un propósito, la migración seguirá repitiéndose como herencia. Pero también deja una posibilidad: cada familia puede empezar a cambiar el relato. En lugar de decir «aquí no hay nada», puede preguntar «qué podemos construir con lo que tenemos». Esa pregunta, aunque parezca sencilla, puede ser el inicio de una generación distinta.

El precio de las remesas y tu mina de oro

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